sábado, 8 de noviembre de 2008

'El Mundo': Abrir heridas para luego cauterizarlas

Rara vez un ejercicio terapéutico envuelve al lector de la manera en que lo hace El Mundo; una novela que surge desde el subconsciente, sin mayor pretensión que enterrar las heridas del pasado y sin otro argumento que las simples anécdotas de la adolescencia del autor. Pero Juan José Millás adorna de tal manera sus vivencias, les otorga tan profunda trascendencia, que leer El Mundo se convierte en una experiencia cautivadora desde la primera línea hasta la última.

Cuenta Millás que, de pequeño, contemplaba fascinado los artilugios que inventaba su padre. Entre ellos le asombraba un extraño bisturí mecánico que abría las heridas al tiempo que las cauterizaba. El Mundo, sostiene el autor, es como ese instrumento de su padre: una novela en la que reabre las llagas del pasado e inmediatamente las sutura.

Millás narra las experiencias, unas traumáticas, otras edificantes, del pequeño Juanjo, el niño que fue, entre los 10 y los 14 años, el ahora reconocido escritor. La acción se centra en su calle de Canillas, en la periferia del Madrid de los 50 y los 60. La calle era entonces para él un universo de sensaciones místicas, en el que, por ejemplo, observar la acera desde los bajos de un edificio podía convertirse en una experiencia mágica y placentera. Esa calle, dice Millás, se la ha vuelto a encontrar en ciudades tan dispares como Bogotá, Nueva York, Londres,… En miles de lugares. Porque la calle, sostiene, es el mundo, y de ahí el nombre de la novela.

El libro intercala los avatares del joven Juanjo con sucesos de la vida del Juan José adulto, pues cada escena del pasado tiene su reflejo en los actos que luego cometió de mayor. Su relación con sus padres, con su vecino (fallecido por una enfermedad cardiaca) y con la hermana de éste (que le rechazó y con la que años más tarde coincidió en Nueva York) establece un hilo conductor que mantiene al lector enganchado hasta el final. Hasta que el Juan José cincuentón se arma de valor para arrojar al mar las cenizas de sus padres. Hasta que las heridas quedan totalmente cauterizadas.

Artículo publicado en LaSemana.es